Alsina critica las expresiones "sanguinolientas" de los políticos españoles: "Bienvenidos al maravilloso mundo de la política gore"
El director de Más de uno ha señalado el tono violento de las expresiones que han estado utilizando recientemente Isabel Díaz Ayuso y los dirigentes de Podemos.
Madrid |
Sentado bajo un enebro, y deseando morirse, dijo el profeta Elías: "Basta ya, dios mío, quítame la vida, me he quedado solo, nadie más te defiende". Abatido, y derrotado, se quedó dormido. Lo despertó un ángel que, tocándolo, le dijo: "Levántate y come, hombre" (bueno, hombre, no le diría, demasiado coloquial para un ángel y para un profeta): "Levántate y come porque el camino que te queda es largo". Comió y bebió Elías. Y fortalecido, caminó cuarenta días con sus cuarenta noches hasta el monte Horeb.
Allí se metió en una cueva y aguardó a que dios se le manifestara. Lo hizo dios y le dijo:"¿Qué haces aquí, Elías? Sal fuera". "¿Para qué, dios mío?, si han vencido los falsos profetas y han derribado tus altares. Solo yo he quedado, nadie está conmigo". Dios insistió: "Sal fuera, hombre" (bueno, hombre no le diría, suena poco divino):"Vuélvete por tu camino porque en verdad te digo que no estás solo. Hay siete mil como tú, siete mil, cuyas bocas no pueden ser silenciadas y cuyas rodillas no serán dobladas". "Venga, Elías, ¿no me has oído?, que salgas". Y Elías, entonces, reconfortado, supo que el pueblo de Israel -siete mil, al menos- estaban de su parte. Primer libro de los Reyes, capítulo 19. Testamento Antiguo.
A la vicepresidenta dos del gobierno de España, Yolanda Elías (perdón, Yolanda Díaz), profeta de la lucha por la Justicia, le ha ocurrido lo contrario que al profeta Elías. Si él se creía solo, pero había miles de creyentes dispuestos a acompañarle, ella lleva cinco días pidiendo a millones de españoles que la acompañen en la manifestación popular contra el Tribunal Supremo y empieza a dar la impresión de que está sola en su cueva de resonancia.
Pensó que había veintitrés millones de españoles -qué menos que media España- decididos a tomar las calles para poner en su sitio al Tribunal Supremo fascista, liberticida y heredero de Franco, y se ha encontrado con que los movilizados hasta ahora caben en un taxi.
Con esto de los llamamientos a tomar las calles ocurre como con las peticiones de dimisión. Que si insistes mucho en pedirlo y luego no se produce quien sale empitonada, eres tú, por tu falta de peso, influencia o capacidad de convocatoria. Cinco días llamando a la cacerolada sin que se tengan noticias de los siete mil israelíes.
Hubo una concentración popular contra la sentencia el domingo a las puertas del Supremo, lo contamos el lunes, pero no da para llamarlo movilización popular porque cuatrocientas personas en una ciudad de tres millones y medio de habitantes -con seiscientos setenta mil votantes de izquierda- no parece que vaya a pasar a la historia de las manifestaciones madrileñas. Santiago de Compostela, en Galicia, tiene menos habitantes, cien mil: los manifestantes el domingo fueron quinientos. Tampoco parece un hito.
A ver, manifestaciones dignas de tal nombre son las de ayer, por ejemplo, en decenas de ciudades españolas contra la violencia machista. Ahí sí hay un clamor social contra el maltrato, la violencia vicaria, la difusión de vídeos íntimos, el empleo de inteligencia artificial para causar daño a las mujeres. Manifestaciones dignas de tal nombre son las que se han venido celebrando para exigir soluciones a los precios inaccesibles de la vivienda. O en Valencia, contra la gestión de Mazón en la riada.
Aún hay tiempo, es verdad, aún hay tiempo. Pero póngase las pilas la vicepresidenta dos y su grupo político menguante porque el paso de los días enfría las indignaciones más desatadas. Sobre todo si el desengaño por una sentencia no deseada va siendo ya reemplazado por la celebración de una nueva fiscal general extraordinariamente bien considerada, Teresa Peramato Martín. O en expresión coloquial, a rey muerto, rey puesto.
Póngase las pilas la vicepresidenta dos y su grupo político menguante
Bueno, ya era hora tampoco, diputada Sidi. Es la cuarta mujer fiscal general del Estado. A la primera la nombró el gobierno del PP, qué le vamos a hacer, Consuelo Madrigal. A la segunda, el gobierno del PSOE, María José Segarra. A la tercera, el gobierno de coalición, Dolores Delgado. Ninguna, por cierto, duró cuatro años. Y eso que a ellas nadie las condenó ni fueron inhabilitadas. Por alguna razón, las mujeres duran menos en este cargo. La media está en dos años. Los hombres, al menos tres. Pumpido y Jesús Cardenal, siete. A Teresa Peramato veremos, pero la legislatura termina en un año y ocho meses, como mucho.
Insistir mucho más en la movilización popular contra el Supremo, en ausencia de partido político o sindicato que se ponga a la tarea de fletar autobuses y armar unas pancartas, es asumir el riesgo de que acabe quedando a la vista que la vehemencia y el fervor con que el gobierno se ha tomado la condena no está tan extendida como pretende, o como desearía el gobierno, entre el común de los mortales en España.
Opiniones críticas con el fallo naturalmente que las hay, y derecho a concentrarse legalmente solo faltaba, pero podría estar ocurriendo que a buena parte de la sociedad no le parezca que esta furibunda reacción de algunos gobernantes contra el Supremo esté justificada. O dicho de otro modo, que tampoco es para tanto.
En rigor, todo lo que ha ocurrido es que el fiscal general ha sido inhabilitado para el cargo y que ha sido sustituido por una nueva fiscal general que, vistos los elogios escuchados ayer y el reconocimiento a su prestigio de colegas de todo signo político, igual hasta acaba siendo mejor que su antecesor en el cargo. Y sin que nadie haya puesto en cuestión su condición de izquierdista, que es el único requisito que consideraba irrenunciable, al parecer, el conglomerado de partidos que han cerrado filas con García Ortiz y contra él.
Tribunal Supremo. Izquierdista. Porque estos mismos partidos que denuncian la pretensión del PP de apropiarse y controlar las instancias judiciales exigen que sea patente el control gubernamental, o apropiación indebida, de la abogacía del Estado. Mantener la tensión contra la Sala Penal del Supremo requiere cargar las tintas en las declaraciones para transmitir la falsa idea de que aquí ha ocurrido algo criminal y violento. Y en eso está doctorada Ione Belarra.
Lenguaje judicial creativo: el asesinato civil, qué será exactamente eso de asesinar civilmente. Si acaso será por lo penal. Lo civil es lo civilizado, lo cívico, lo que no es militar ni eclesiástico. En Podemos, como hay tanto profeta, seguro que lo saben. Cargas las tintas. Y nos quejábamos de que González Amador se presentara en el juicio como muerto en vida o moribundo predispuesto al suicidio.
Gustan, a algunos, las palabras que evocan violencia. En esto empata Podemos con Ayuso, mira. Amor por las expresiones sanguinolentas. Críticos acuchillados. Y fiscales asesinados civilmente. Bienvenidos al maravilloso mundo de la política gore. Nadie, por supuesto, ha sido acuchillado y nadie ha sido asesinado. Ya pasó el tiempo en que en España eran asesinados cada semana civiles y militares, bien lo sabe Otegi.
En esto empata Podemos con Ayuso, mira, amor por las expresiones sanguinolentas
Y aún más pasó el tiempo en que la muerte era considerada un instrumento para hacer justicia, bien lo saben los nostálgicos de aquella represión institucionalizada que fue el repulsivo régimen franquista. Admitamos que la declaración más ponderada de cuantas se le han escuchado hasta ahora al gobierno ha sido la del ministro más cercano a García Ortiz, y regalador de corbatas con la balanza de la Justicia, Félix Bolaños.
Ahora solo hace falta que convenza a sus colegas de gabinete, no solo de Sumar, singularmente al imitador de Miguel Ángel Rodríguez, Óscar López, para que dejen de hacer justo eso que el ministro de Justicia lamenta. Para que no parezca que se están repartiendo los papeles: uno pide confianza en el Supremo mientras el otro la sabotea.