Alsina contrapone la situación del hantavirus y la del covid-19: "No hay comparación posible, hoy, entre el crucero y la pandemia"
El director de Más de uno ha destacado cómo en aquella ocasión el foco del virus no era un barco de ciento cincuenta pasajeros, sino una ciudad de trece millones de habitantes.
Madrid |
Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Ocurrió hace seis años y cuatro meses, en aquellos días en que José Luis Ábalos aún era el ministro más cercano a Sánchez y el más atento con Delcy Rodríguez…cuando España se preguntaba qué había pasado en Barajas, Pablo Iglesias debutaba como vicepresidente del gobierno encomendándose a Zapatero y el Ejecutivo se preparaba para borrar el delito de sedición del Código Penal y levantarle el cordón sanitario a Joaquim Torra.
Era la última semana de enero de 2020 y en los medios de comunicación aprendíamos a pronunciar el nombre de una provincia china en la que estaba contagiándose la gente de un virus desconocido -iban ya dos mil y pico- y en la que había veintiún españoles que eran los que aquí de verdad nos interesaban.
Primero escuchamos lo que contaban desde allí y luego, cuando la situación allí se puso aún más fea, contamos que querían volver, que el gobierno chino prohibía ya volar y que el gobierno de España preparaba su evacuación para traerlos, en aislamiento preventivo, a un hospital de Madrid dependiente del ministerio de Defensa cuyo personal había sido adiestrado, guantes y mascarilla, para protegerse de un posible contagio.
Los veintiún españoles del hospital Gómez Ulla fueron la historia más seguida de aquel final de enero, cuando todo lo que les sucedía a ellos -el confinamiento, el no poder tocar a sus familiares en las visitas, el tener que estar atentos por si desarrollaban síntomas-nos parecía propio de una película.
El virus era una cosa del sitio aquel del que habían venido y lo importante era que, en caso de haberlo traído consigo, permaneciera encapsulado en el hospital Gómez Ulla. Fernando Simón recordará aquella comparecencia de finales de enero en la que explicó cómo iba a ser la vida en aislamiento de estos españoles singulares porque en esa rueda de prensa donde pronosticó que España no tendría, en el peor de los escenarios, uno o dos casos de infección y donde respondió categórico a la pregunta de si estábamos cayendo en la exageración y la psicosis colectiva.
Seis años y cuatro meses después, cuando José Luis Ábalos está siendo juzgado por el Supremo por ganar dinero ilícito a costa de las mascarillas de entonces, nadie en Cataluña se acuerda de Torra y gobierna la Generalitat quien entonces era jefe directo de Fernando Simón y ministro de Sanidad, o sea, Illa, catorce españoles vienen camino de Canarias para ser subidos a un avión y trasladados, en aislamiento, hasta el hospital Gómez Ulla de Madrid.
Los catorce procedentes del crucero Hondius pasarán por la misma experiencia de aquellos otros españoles que venían de China. A día de hoy, hasta ahí llegan las semejanzas entre esta historia del crucero y aquella devastadora historia de entonces que devino en pandemia. Ni por el número de personas que podrían estar afectadas, ni por el virus de que se trata, ni por la experiencia que tienen ahora las autoridades, esta situación de hoy es en absoluto equiparable a lo que pasó en enero de 2020.
Entonces no era un barco de ciento cincuenta viajeros, sino una ciudad de trece millones de habitantes. Entonces no era posible aislarlos a todos porque miles de ellos ya habían volado a otros destinos sin haber desarrollado síntomas. Entonces se desaconsejaba el uso de mascarillas porque, a decir de nuestro gobierno inexperto, como medida preventiva no servía para nada.
Entonces no era un barco de ciento cincuenta viajeros, sino una ciudad de trece millones de habitantes
No hay comparación posible, hoy, entre el crucero y la pandemia. Lo que sí hay es ese algo que se nos remueve a todos -somos hijos de lo que hemos vivido- al escuchar palabras como infectados, muertos, aislamiento; al ver ministros exponiendo lo que nos solicita la Organización Mundial de la Salud; al saber que se intenta dar con los veintitantos viajeros que bajaron del barco en escalas anteriores a la detección del primer caso; al escuchar la voz, qué le vamos a hacer, de Fernando Simón haciendo pronósticos.
Ese algo que se nos remueve no es siquiera racional, es Paulov, pero es precisamente eso lo que convierte un barco en crisis sanitaria que llega a Canarias y cuyo gobierno autonómico se resiste a recibirlo, en material político inflamable. Y en una prueba de previsión y templanza para quien hoy está al frente del ministerio de Sanidad, que no es Illa el filósofo sino Mónica García, la médica.
Aislamiento ¿voluntario?
El presidente de Canarias reclamó en este programa, ayer, que el médico del barco, enfermado, fuera evacuado directamente a Holanda y no al hospital de la Candelaria de Tenerife y así acabó ocurriendo, fue una suerte que mejorara su estado justo a tiempo para que el gobierno central pudiera cambiar el criterio inicial y evitase el choque directo con la administración autonómica. Ahora los pasajeros estarán solo de paso en Tenerife, llegar y volar. Los españoles, a Madrid. Pero, según la ministra de Defensa, que no es de Sanidad, sino de Defensa, sólo tendrán que ir al Gómez Ulla aquellos que quieran. Todo voluntario. Una cuarentena extraña ésta.
Extraño porque si es todo voluntario, el viajero que desembarque en Canarias esté o no esté infectado -porque no se sabe- ¿podrá irse entonces a donde quiera? Oiga, yo al Gómez Ulla no voy, me quedo paseando por Tenerife y estrechando mi mano sudorosa a la gente.
O me voy a Zaragoza, que tengo familia y hace tiempo que no la veo. A ver, que tenemos que tenerle controlado a usted por si lleva consigo el virus. Ah, no, que es voluntario, lo ha dicho la responsable de los Ejércitos. Y del Gómez Ulla. Quizá el gobierno, o el resto del gobierno, nos lo pueda hoy aclarar.
Ninguna comunidad autónoma, por cierto, se ha quejado -perdón por la ironía- por este ejercicio de centralismo. Hay otros hospitales de referencia para enfermedades infecciosas en España, pero se ha elegido Madrid y a todos los gobiernos autonómicos, incluido el de Madrid, les ha parecido bien.
Ahora toca confiar en que los catorce del crucero corran la misma suerte que los veintiuno de Wuhan, que guarden su cuarentena, se confirme que están libres de virus y puedan regresar a su vida normal en tierra o en otro crucero. Y que los pasajeros que bajaron en las escalas previas y a los que se busca para monitorizarlos estén limpios también. Y que la historia del crucero y el hantavirus se quede en eso, a diferencia de aquella otra historia de 2020 que dejó una indeleble huella emocional.
Una víctima ministro
Seis años después de adjudicar la provisión de mascarillas a Soluciones de Gestión, el ex ministro Ábalos aprovechó su último turno de palabra en el juicio del Supremo para declararse víctima de un juicio paralelo, cuestionar al juez instructor y achacar al fiscal anticorrupción su sintonía con el PP.
Seis años después de las mascarillas, el asistente al que el ministro elevó a la condición de Ábalos bis, o sea, Koldo, empleó su último turno de palabra para describirse a sí mismo como un poco fantasma, negar que tenga dinero ilícito escondido y culpar a Aldama de todas sus penurias por aprovecharse de Ábalos y de él contando mentiras.
Seis años después de las mascarillas, Víctor de Aldama se retrató a sí mismo, a través de su abogado Choclán, como el hombre que asume que violó la ley y corrompió, pero que ahora ayuda a que se haga justicia en la confianza de que esa ayuda le alivie la pena a él.
Para el abogado al que paga, este Aldama es un titán. Para la fiscalía, no. Para la fiscalía es el cabecilla de una trama corrupta que, cazado por la UCO, se sale de la organización criminal y aporta material probatorio para que los corruptos paguen por lo que hicieron. Tuvo que explicar el fiscal Luzón, en vista de que tanta gente se resiste a entenderlo, que un delincuente como Aldama puede decir verdades y mentiras mezcladas, y que por eso la fiscalía discrimina entre aquello que ha dicho y ha podido probarse y aquello otro que, por más que lo diga, no tiene sustento probatorio alguno y, por tanto, a efectos judiciales no cuenta por que Pedro Sánchez fuera el número uno de esta trama criminal.