Alsina centra su Monólogo en la reunión entre Sánchez y Junqueras en La Moncloa: "Blanquéame otra vez"
El director de Más de uno ha puesto el foco en el encuentro entre el presidente del Gobierno y el líder independentista que se produce por primera vez desde que el de Esquerra entrara en la cárcel.
Madrid |
Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Sucedió un veintiuno de mayo. Era martes. Soleado en Madrid. El Congreso de los Diputados había amanecido con más presencia policial que nunca. Policías de uniforme y policías de paisano, repartidos por las esquinas. No trataban de tomar el poder ni nada parecido.
Su misión era preventiva: tenían que evitar que diputados electos aprovecharan la sesión constitutiva de las Cortes para darse a la fuga (pero qué me estás contando). Sí, no a la trans-fuga, que es cambiarse de grupo, sino a la fuga-y-punto, que es huir de la justicia. Porque aquellos diputados anómalos eran, en realidad, reclusos preventivos a la espera de juicio que habían llegado al Palacio de las Cortes no en coche oficial sino en furgón policial. De Soto del Real a la Carrera de San Jerónimo con cristales tintados.
En aquel tiempo Oriol Junqueras Vies aún se ponía corbata y Gabriel Rufián Romero no se la ponía nunca. El joven discípulo hizo aquel día de lazarillo de su profeta por el hemiciclo del Congreso. Se elegía presidenta de la nueva Cámara. Sánchez había ganado unas elecciones por primera vez en su vida pero se había quedado corto de escaños, como le pasa siempre.
Y en aquel Hemiciclo revuelto en el que intentaba ordenar el tráfico el diputado de mayor edad, de apellido Zamarrón y apariencia valleinclanesca, el recluso diputado señor Junqueras aprovechó el camino de regreso desde la urna a su escaño para pararse junto a Sánchez e intercambiar unas palabras. De diputado recluso a presidente necesitado de ayuda. Fueron veinticinco segundos de conversación.
Mientras Zamarrón leía las papeletas, Sánchez interrumpió la llamada telefónica que mantenía, estrechó la mano de Junqueras y le dijo ¿cómo estás? Junqueras le respondió con tres palabras que no quedaron grabadas en el diario de sesiones pero sí en la memoria de los cronistas parlamentarios: "tenemos que hablar".
Era el primer contacto físico entre el cabecilla del procés que causó la mayor crisis institucional de España desde el año 81 y el presidente llegado al poder con el apoyo imprescindible de los partidos independentistas en una moción de censura. Junqueras, que en aquel tiempo no se quitaba de la boca la independencia, el primero de octubre y el conflicto, le dijo a Sánchez que tendría que sentarse con él a hablar de todo, su investidura incluida.
Aquellos veinticinco segundos de hace seis años y medio son el único encuentro presencial del que se tiene noticia entre Pedro Sánchez y su aliado, costalero, socio, cofrade y varias veces blanqueado (primero con un indulto parcial, después con una amnistía que no pidió) Oriol Junqueras. Blanquéame otra vez, blanquéame otra vez.
Blanquéame otra vez. Por alguna razón que el presidente no alcanzará hoy, naturalmente, a exponer, por qué ha eludido durante todo su mandato el contacto físico con Junqueras, como si este manchara o sufriera de alguna enfermedad contagiosa. Hasta hoy, en el momento agónico que arrastra el gobierno sin presupuestos, sin mayoría social, sin modelo de financiación conocido y sufriendo el castigo de las encuestas.
Tenemos que hablar
Aquel día de mayo del 19, los reclusos preventivos, habiendo prometido falsamente la Constitución, regresaron a la cárcel y quedaron suspendidos en sus funciones, como hoy, paradojas de la historia, está José Luis Ábalos, el escudero de Sánchez que se llenó la boca, 2018, descartando la moción de censura contra Rajoy porque para que prosperara requeriría de los independentistas y el PSOE no debía ir de la mano de esa gente ni para tomarse un café.
De no haber suspendido el juez la comparecencia, hoy, del recluso Ábalos en el Senado, habría hecho el mismo viaje de Soto del Real al centro de Madrid no en coche oficial sino en furgón policial. Ábalos, aprovecho para recordarlo, sigue siendo diputado y tránsfuga, según la doctrina del propio Ábalos cuando era capataz en jefe del PSOE. A un juez se le ocurrió sugerir al Congreso que le diera una vuelta a esto de tener reclusos que siguen atornillados a su escaño y Patxi López casi lo excomulga.
Pero volvamos, memoria democrática, a aquel año trepidante. Dos días después del tenemos que hablar, Junqueras pidió públicamente una reunión a Sánchez. O en prisión o en el Supremo, dijo. Sánchez, por supuesto, le ignoró. Hubo repetición de elecciones antes de fin de año y el presidente, garante, dijo, de que las penas impuestas a los condenados del procés se cumplirían íntegras, basó su campaña en atacar al independentismo como promotor de la violencia y a Podemos como generador de populismo.
Volvió a quedarse muy corto de escaños -es su sino- y en la misma noche electoral ya estaba llamando a Iglesias para hacerle vicepresidente y a Pere Aragonés -pelillos a la mar, esta es la nuestra, Pere- para ofrecerle el papel de socio preferente de su nuevo gobierno indultante.
Fue indultado parcialmente Junqueras y, aun así, Sánchez siguió sin verse con él. Obsequió al independentismo con una mesa de diálogo en la que Junqueras reclamó estar y desechó la petición alegando que, aun indultado en parte, seguía estando inhabilitado para representar a nadie.
Hoy, 2026, Junqueras sigue inhabilitado para desempeñar un cargo público. Permanece su condena por malversación, es decir, corrupción. Pero ahora sí, hoy por fin sí, el presidente no sólo estrechará la mano y sonreirá a su sólido costalero, sino que lo hará en la Moncloa para satisfacción del líder a perpetuidad de Esquerra Republicana de Cataluña.
Es sabido que en España solo tres líderes políticos son inamovibles: los tres que tienen en su historial la comisión de delitos muy graves. A saber: Arnaldo Otegi, líder a perpetuidad de Bildu, Puigdemont, líder menguante pero eternizado de Junts, y Oriol Junqueras, recórdman mundial en un partido tan dado a cambiar de líderes como es (o era) Esquerra.
El tema es la financiación, a medida, para Cataluña
La portavoz debutante del gobierno de España, ministra Sáiz, anunció ayer -atención Washington, atención Groenlandia- que además de hablar de dinero para Cataluña (un clásico en Junqueras) el presidente analizará con él los acontecimientos internacionales de estas últimas horas. Trump, que lo sepas.
Lo del contexto internacional tiene todo el sentido porque si alguien sabe de violar soberanías nacionales y falsear la legalidad internacional es el progenitor B del procés. Qué fue aquello, sino un ataque a la soberanía nacional y los derechos políticos de los ciudadanos bajo la coartada de un derecho de autodeterminación auto-atribuido.
Si alguien sabe de violar soberanías nacionales y falsear la legalidad internacional es el progenitor B del procés
De Venezuela y Groenlandia igual hablan, pero Junqueras va a la Moncloa a poder decir que es él quien obtiene de Sánchez la financiación a medida para Cataluña, ni Salvador Illa ni, por supuesto, los puigdemones, que ya le censuraron ayer preventivamente por no apretar lo bastante al presidente en estado de precariedad absoluta.
Nada de financiación singular, que eso sirve para que los demás gobiernos autonómicos pidan lo mismo, ¡concierto a la vasca, Oriol, nada por debajo de eso! No dejan de ser conmovedor que aquellos que agitaron durante años el debate público de España alegando que era urgente, imprescindible, prioritario, pactar el referéndum de independencia y hacer posible la República Desgajada de Cataluña, hayan cubierto de polvo sus banderas, se les haya pasado toda urgencia, y anden negociando lo de toda la vida: más trozo del pastel de los ingresos del Estado. Mejor no preguntar qué fue de la mesa aquella para la solución del conflicto a la que tanto tiempo (perdido) le dedicaron los analistas en España.
El tema es la financiación. A medida. Para Cataluña. Los demás van después y ya veremos. Elevemos un responso por Pilar Alegría, ex ministra vocera que hoy, ocho de enero, está a un mes justo de su examen en las urnas autonómicas aragonesas. Qué mejor carta de presentación para su campaña que tener a su mentor y superior jerárquico, secretario general Sánchez, concediendo a Junqueras el trato preferente a la comunidad vecina, que es Cataluña.
El último socialista que ganó unas elecciones en Aragón se llamaba Javier Lambán, combatía los tratos de favor y pasaba por ser, con permiso de Borrell, el líder político más agriamente denostado por el independentismo de Esquerra. Alegría llega con encuestas desoladoras y sin discurso propio porque su labor consistirá, como siempre ha consistido, en ponerle voz a los argumentarios que salen de la Moncloa. Es decir, defender que el principio de ordinalidad y el modelo diseñado por Junqueras son una bendición para el resto de los territorios. Señor, ten piedad; Cristo, ten piedad; concédele a tu hija Pilar que brille para ella la luz eterna.