Un legado que resiste: el abanico de nácar sigue escribiendo su historia
El artesano Ángel Blay, heredero del primer taller de abanicos de nácar de España, trabaja para transmitir un oficio centenario que corre el riesgo de desaparecer
Madrid |
En Aldaia, considerada la cuna del abanico artesanal valenciano, sobrevive uno de los oficios tradicionales más delicados y singulares: la fabricación de abanicos de nácar. Ángel Blay, artesano desde los 15 años, representa junto a sus hermanos la tercera generación de una familia dedicada a este trabajo. Su historia comenzó en los años veinte, cuando su abuelo llegó al municipio y se incorporó a una industria que entonces daba empleo a buena parte de la localidad.
Décadas más tarde, su padre trajo de París una técnica excepcional: el trabajo del nácar aplicado al abanico. Como recuerda el propio Blay, “mi padre, como era también muy bohemio, en uno de esos viajes a París aprendió el oficio de trabajar el nácar”. A partir de ahí, montó en Aldaia “el primer taller de abanicos de nácar que hubo en España”, un legado que la familia mantiene vivo.
El proceso de elaboración está muy lejos de la producción industrial. Cada pieza exige materiales nobles, precisión y muchas horas de trabajo. Blay explica que el nácar es “un material muy duro, muy costoso de trabajar y al mismo tiempo muy frágil”, aunque el resultado permite acabados de gran calidad. Algunos abanicos, asegura, pueden requerir hasta dos meses de trabajo.
Pero el futuro del oficio no está garantizado. Cada vez quedan menos talleres y menos artesanos capaces de continuar estas técnicas heredadas durante generaciones. Por eso, Ángel Blay ha comenzado a transmitir sus conocimientos a jóvenes y a documentar su oficio. “Los transmito o desaparecen, se van conmigo”, afirma, consciente de la responsabilidad de conservar este patrimonio.
A esa preocupación se sumó recientemente el impacto de la DANA en Valencia. El taller familiar quedó parcialmente inundado y, aunque se salvaron materiales, maquinaria y documentación histórica, se perdió una colección de 140 abanicos antiguos. También resultó gravemente afectado el Museo del Palmito de Aldaia, donde se destruyeron cerca de 80 abanicos históricos. Blay lo resume con claridad: “Eso es irrecuperable”.
Hoy el taller ha recuperado su actividad, aunque el museo sigue pendiente de rehabilitación. Entre nácar, maderas nobles y herramientas artesanales, la familia Blay continúa defendiendo un oficio que no solo fabrica abanicos: conserva una parte esencial de la memoria cultural de Aldaia.