El dilema de tener una pareja escrupulosa: "A los que nos pasa no podemos evitarlo"
El filósofo Jorge Freire propone una solución lingüística para convencer a un marido obsesionado con la higiene: "Cambiar los términos de las cosas no es mentir".
¿Hay que respetar los escrúpulos de la pareja o pedirle que deje a un lado sus manías por un día especial? Ese es el dilema que ha llegado a la sección de Jorge Freire en Más de uno, a través de la carta de una oyente llamada Susana, cuyo marido, Agustín, se niega a acudir a la boda de su hermana después de descubrir que la finca cuenta con ocho baños portátiles. Una situación que ha dado pie a una conversación cargada de humor, reflexiones filosóficas y propuestas para sortear las obsesiones con la limpieza.
Susana lleva 16 años con Agustín y asegura que su marido es "muy escrupuloso, pero muchísimo". Tanto que nunca ha probado una croqueta de su plato sin preguntar antes si ha chupado el tenedor. Tampoco soporta dar la mano en bodas y entierros, evita el contacto con niños pequeños y, cuando tiene que utilizar un baño público, se prepara "como si fuera limpiar Chernóbil", con guantes de nitrilo, mascarilla y gel hidroalcohólico.
La situación alcanzó un punto crítico cuando Agustín descubrió que la finca en la que se celebrará la boda de su cuñada tiene ocho baños portátiles, similares a los de los festivales de música. El marido hizo sus propios cálculos: 200 invitados, unas 800 visitas al excusado y, después, abrazos y aceitunas compartidas del mismo cuenco. Su conclusión fue tajante: no piensa ir. Una decisión que ha dejado destrozada a su cuñada, que quería que fuera él quien la acompañara al altar.
Jorge Freire se reconoce en el marido escrupuloso
El filósofo no ha tardado en admitir que comprende al protagonista de la historia. "Yo también soy escrupuloso", ha reconocido ante Carlos Alsina, antes de explicar que quizá no se encontraba en la mejor posición para resolver el dilema precisamente porque se identificaba con Agustín.
Para ilustrar esa cautela, Freire ha contado una anécdota con el escritor ruso Eduard Limónov, al que invitó a los toros durante una visita a Madrid. Después del espectáculo, ambos se fueron a tomar unos botellines y los dejaron sobre el capó de un coche. Cuando Limónov perdió de vista cuál era su botella, decidió no beber más.
Freire ha recordado el episodio con ironía y ha aprovechado para defender que, en ocasiones, las precauciones pueden tener fundamento. "Los que somos escrupulosos, no podemos evitarlo", ha resumido.
La solución: cambiar el nombre a los baños portátiles
Lejos de recomendar a Susana que obligue a su marido a enfrentarse directamente a aquello que le produce rechazo, Freire ha recurrido a una reflexión del filósofo Ludwig Wittgenstein: la filosofía debe mostrar a la mosca la salida de la botella. En su interpretación, a veces las personas quedan atrapadas en determinadas palabras y en las imágenes que estas despiertan.
Por eso, su propuesta consiste en cambiar la manera de presentar el problema. En lugar de hablar de retretes portátiles, sugiere recurrir a expresiones como "soluciones habitacionales, hidráulicas y momentos de bienestar climático". Una forma de describir la misma realidad con un lenguaje menos desagradable para quien siente rechazo ante determinadas situaciones.
"Cambiar los términos de las cosas no es mentir", ha defendido Freire, que ha recordado también una frase atribuida a las musas en la Teogonía de Hesíodo: "Somos aquellas que decimos verdades con apariencia de mentira y proclamamos mentiras con apariencia de verdad".
La propuesta ha provocado nuevas bromas en el estudio, especialmente cuando la conversación ha derivado hacia el cuenco de aceitunas que compartirían los invitados después de utilizar los baños. Pero el fondo de la reflexión de Freire va más allá de la anécdota: el lenguaje puede modificar la percepción que tenemos de una situación sin necesidad de alterar los hechos.
De los guantes de nitrilo a los baños de moda
La conversación ha terminado convirtiéndose en un repaso humorístico a los hábitos higiénicos del propio Freire. El filósofo ha defendido el uso de guantes de nitrilo para cambiar pañales y ha recordado los baños rudimentarios que conoció durante los veranos de su infancia en Galicia, donde algunos establecimientos tenían simplemente un agujero en el suelo.
A su juicio, una instalación de ese tipo podría incluso ponerse de moda si se presentara con un nombre sofisticado y algún término en inglés. Una ocurrencia que encaja con su defensa de los eufemismos como herramienta para cambiar la percepción de las cosas.
Mientras los colaboradores proponían soluciones alternativas para que Agustín pudiera asistir a la boda, desde buscar un baño independiente hasta recurrir al campo, Freire ha cuestionado que una celebración de estas características no disponga de instalaciones adecuadas. "Estamos en una sociedad muy avanzada, muy comprometida con el higienismo, con la limpieza, con la depuración", ha señalado.
La resolución del dilema de Susana ha quedado, entre risas, abierta. Pero la sección ha dejado una idea central: cuando una palabra basta para provocar rechazo, quizá el primer paso para resolver un conflicto no sea discutir sobre la realidad, sino encontrar otra manera de nombrarla.