Comer tiene género: así influyen los estereotipos en nuestra alimentación
Los estereotipos de género actúan como un filtro que moldea las elecciones y percepciones en diversos ámbitos de la vida, como en la comida.
Purificación García Segovia, Catedrática de Tecnología de Alimentos, Universitat Politècnica de València | María del Carmen Molina Montero, Técnico Superior de Investigación, Universitat Politècnica de València
Madrid |
Imagine una comida con su grupo de amistades más cercano. De la carta, los hombres tenderán a pedir platos más contundentes, carnes rojas, hamburguesas… Las mujeres, por lo general, optarán por ensalada, pescado, opciones “más ligeras”. ¿Y a la hora del postre? ¿Cuántos hombres eligen tomarse ellos solos un delicioso postre? Sin embargo, es muy habitual que las mujeres propongan compartir postre o incluso se abstengan de tomarlo.
¿Coincidencia? No. Son expectativas sociales que hemos interiorizado tan profundamente que las confundimos con preferencias personales.
Esta influencia no se ejerce de forma consciente. De hecho, si preguntáramos directamente, la mayoría negaríamos que el género influye en nuestras elecciones alimentarias. Los estereotipos de género actúan como un filtro que moldea nuestras elecciones y percepciones en diversos ámbitos de la vida, incluida la comida. Estas expectativas culturales sobre los roles de género influyen en cómo vemos y seleccionamos los alimentos, asociando ciertos tipos de alimentos e incluso la cantidad de ingesta de los mismos con la masculinidad o la feminidad.
La comida es identidad
El acto de comer va más allá de la función nutritiva. La comida es identidad. Es un lenguaje con el que comunicamos quiénes somos, o quiénes creemos que debemos ser, según nuestro género. Y ese lenguaje se adquiere desde la infancia, y se va reforzando con las influencias sociales y culturales que regulan nuestros hábitos alimentarios.
¿Pero hasta qué punto estos estereotipos siguen vigentes? ¿Son iguales en todas las culturas? ¿Están cambiando con las nuevas generaciones?
Estas preguntas llevaron a nuestro equipo de investigación de la Universitat Politècnica de València a diseñar un estudio multicultural entre España y Ecuador. El objetivo era saber si realmente siguen existiendo asociaciones entre la comida y el género.
A menudo, las personas no pueden o no quieren revelar las razones subyacentes de sus elecciones de productos. Por lo tanto, si preguntáramos directamente “¿cree que hay alimentos de hombres y alimentos de mujeres?”, la mayoría respondería con un “no” o con frases como “No quiero ser sexista, pero…”. Las personas suelen dar respuestas que consideran socialmente aceptables, ocultando, incluso a sí mismas, sus verdaderos sesgos.
Los participantes de nuestro estudio realizaron un ejercicio muy simple para mitigar estos sesgos. Observando fotografías de diferentes platos, desde una ensalada hasta un plato de embutidos, pasando por salmón, carne con verduras, tarta de chocolate o un bol de frutas, debían “personificarlos”. Se les planteaba: si ese alimento fuera una persona, ¿sería masculino o femenino? ¿De qué edad? ¿Qué estilo de vida llevaría?
Esta técnica permite que afloren creencias y sentimientos inconscientes. Al hablar de una persona imaginaria en lugar de referirse a uno mismo, se pueden expresar asociaciones que, de otro modo, habrían sido censuradas.
Carne para ellos, ensalada para ellas: un patrón universal
De este modo encontramos que alimentos como frutas, ensaladas y dulces se asociaron con el género femenino. Por el contrario, las carnes y los embutidos se siguen relacionando con el género masculino.
No son asociaciones sutiles. Un simple plato de embutido fue identificado como “masculino” por la mayoría de los participantes, tanto en España como en Ecuador. ¿La razón? La carne sigue siendo vista como símbolo de fuerza, energía y virilidad. Las verduras, en cambio, se asocian con el cuidado y la salud, atributos tradicionalmente vinculados a la feminidad.
Aunque el patrón general era similar en España y Ecuador, en este último los estereotipos de género relacionados con la comida se manifestaron con mucha mayor fuerza. Todo era blanco o negro: comida masculina o femenina. En España, en cambio, aunque las asociaciones carne-masculino y verduras/frutas-femenino seguían presentes, había mayor flexibilidad.
¿Qué nos dice esto? Que estos estereotipos no son innatos ni universales. Son culturales, maleables y están cambiando, aunque a velocidades muy diferentes según dónde miremos.
¿Por qué seguimos comiendo según nuestro género?
Desde la infancia, se sigue transmitiendo que ciertos alimentos asumen ciertos roles. Los niños que comen mucho son “fuertes” y las niñas que comen porciones pequeñas son “delicadas”. Estos mensajes, además, se recalcan constantemente en la publicidad. Los anuncios de carne muestran hombres haciendo barbacoas, y reuniones con amigos. Los yogures, las ensaladas y los productos más “ligeros” se publicitan casi exclusivamente con y para mujeres preocupadas por su figura. Estos anuncios siguen reforzando los estereotipos de género.
Un estudio reciente muestra que los hombres que siguen dietas veganas o vegetarianas son percibidos como menos masculinos debido al estereotipo social que asocia la carne y su consumo con la masculinidad. Esto tiene impacto en las relaciones sociales y la percepción de identidad de quienes eligen dietas basadas en vegetales .
Además, existe un juicio social, que condiciona nuestras elecciones. Cuando comemos con otros comensales, creemos que nos están evaluando (por ejemplo, en parejas) y tendemos a elegir alimentos socialmente asociados con su género. Un hombre que pide una ensalada en una comida de trabajo puede ser calificado de “más femenino”. Una mujer que pide un chuletón grande puede ser calificada de “más masculina”. Afortunadamente, no siempre sucede, pero la posibilidad de ese juicio social está ahí y puede condicionar nuestras elecciones.
La importancia de ser conscientes de lo que comemos
Los estereotipos de género culturalmente construidos condicionan qué comemos y cuánto comemos, pero sobre todo, nuestra salud. Los hombres que evitan los alimentos saludables porque los perciben como “poco masculinos”, así como las mujeres que restringen sus porciones o evitan ciertos alimentos para no ser juzgadas, limitan la libertad de elección y pueden alejarse de dietas más equilibradas y saludables.
Los estereotipos de género pueden estar asociados a conductas alimentarias de riesgo. En concreto, las normas culturales asociadas a la feminidad (enfoque en delgadez y control del peso) pueden actuar como factores de riesgo para trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes y jóvenes, especialmente en mujeres.
La próxima vez que usted se siente a comer, observe qué pide y qué piden quienes le rodean. Observe si hay patrones. Observe si, en algún momento, se censura: “mejor pido esto en lugar de aquello”. Y pregúntese: ¿esto lo elegí yo, o lo eligió por mí una expectativa sobre cómo debe comer alguien de mi género?
Purificación García Segovia, Catedrática de Tecnología de Alimentos, Universitat Politècnica de València y Maria del Carmen Molina Montero, Técnico Superior de Investigación, Universitat Politècnica de València
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.