Carlos Alsina, 15 años después del fin de ETA: "Tantas decepciones llevábamos en la mochila que el día que llegó la noticia, llegó envuelta en escepticismo"
El periodista ha realizado un especial Más de uno desde Rentería en el que ha recorrido las calles de esta población vasca para certificar lo "poco que se parece" en la actualidad a lo que era el día a día en sus calles hace cincuenta años.
Carlos Alsina recorre Rentería 15 años después del cese definitivo de la actividad de ETA
Madrid |
Durante años, muchos años, a la pregunta '¿qué noticia sueñas con poder contar algun día?' la mayoría de los periodistas de mi país contestaban: 'El final del terrorismo'. Unos lo decían así, otros decían 'la paz'. Y otros, 'la desaparición de ETA'.
Durante años, la respuesta sonó más como un anhelo, un sueño, que como una posibilidad cierta. Tantas decepciones llevábamos en la mochila que el día que llegó la noticia --que dimos la noticia hace hoy quince años—, llegó envuelta en escepticismo, en recelo (justificado) en la duda de si de verdad esta vez iba a ser distinto, si esta vez iba a ser la buena. Ocurría que el crimen organizado ya había parado su actividad en otras ocasiones y siempre había vuelto a sus andadas, que eran las bombas. Y los disparos en la cabeza. Y la extorsión. Y la propaganda.
Les hablamos esta mañana desde Rentería. Su nombre oficial, en euskera: Errentería. A la vera del Oiartzun, que es un río corto, pero que cunde, que va camino de Pasajes (Pasaia) y da nombre a este valle. En la orilla izquierda estamos, paseando el casco antiguo, de calles adoquinadas, peatonales, algunas tan estrechas como la de Magdalena, plazas de todos los tamaños, limpias, tranquilas. Fachadas también estrechas con balcones de hierro, paredes de revoco, y macetas y pequeños comercios. Y carteles: carteles sobre la causa palestina, y sobre el acercamiento de presos. Y carteles de homenaje a militantes de ETA.
Rentería pudo sacarse de encima la carretera Nacional-1 que hasta veinte años la atravesaba. Pero mantiene las vías de tren que obligan a algunas de estas calles a pasar bajo puentes con arcos de piedra. Lo hace la calle Magdalena, quédense con el nombre, lo hace su paralela, María de Lezo apúntenlo también, lo hace Morronguilleta, que desemboca en la diminuta plaza Aralar. La plaza en la que estuvo la oficina de Iberduero.
Estaba la violencia ambiental, ésa que lleva a decirle a la madre cuyo niño ha perdido una pierna por una bomba que oye, gracias a las operaciones ha quedado bien
Esta Rentería de hoy, casco viejo, con apenas ruido y personas paseando o tomando café, se parece muy poco a la Rentería en que crecieron muchos de sus vecinos, aquéllos hoy rondan o superan los cincuenta años. Cincuenta y cuatro creo que tiene Alberto, que es de quien más vamos a hablar esta mañana porque Ander Izaguirre ha escrito cuatrocientas páginas con su historia.
La Rentería de cuando Alberto era niño era gris, no sólo por las fábricas. Era gris, era asfixiante y era violenta. Muy violenta.
Estaba la violencia visible, de disturbios, cargas policiales, coches cruzados a modo de barricadas, autobuses ardiendo, explosiones, policías y militares emboscados y acribillados, gente corriente herida, detenciones arbitrarias y detenidos torturados.
Y estaba la violencia ambiental, ésa que invita a mirar para otro lado, a guardar silencio, a aprobar mociones en un ayuntamiento que condenan un crimen sin mencionar a los criminales; ésa que lleva a decirle a la madre cuyo niño ha perdido una pierna por una bomba que oye, gracias a las operaciones ha quedado bien, ¿no?, y te han dado cuánto, seis millones de pesetas de indemnización, no puedes quejarte.
El paisaje gris. La opresión ambiental. El miedo.
Hoy, a nadie que se suba al autobús municipal en Rentería se le ocurre pensar que puedan asaltarlo unos encapuchados para pegarle fuego. En los ochenta y los noventa, uno se subía al autobús sabiendo que justo eso es lo que podía pasar. Y que en las casas todo el mundo sabía cómo bajar deprisa las persianas cuando empezaba el alboroto. Porque sabían al primer ruido seguiría los estallidos de cristales, los cócteles molotov, el olor a gasolina y el humo.
Leyendo el libro de Ander Izagirre uno pierde la cuenta de los momentos desgarradores, de las escenas reales que hoy resultarían increíbles, de padecimientos íntimos y displicencias públicas, de la incredulidad con que un crío de diez años descubre, mirando bajo la sábana, que aunque sienta su pierna izquierda lo que tiene es un muñón; del interés con que ese crío, ya adulto, sin un átomo de auto compasión ni de odio se pregunta cuál de sus vecinos sería el que dejó allí la mochila bomba, si quizá fue éste con quien se ha cruzado luego tantas veces y siempre le ha retirado la mirada.
Entre el día que a Alberto le explotó una mochila en la plaza Aralar, 1982, y el día en que ETA anunció que dejaba de matarnos, 2011, aún pasaron treinta años
Leyendo el libro de Ander, que es la historia de Alberto, escuchamos a una madre joven que sale de la habitación del hospital en la que está malherido su hijo y que habiéndole visto tan bajo de ánimo, tan cansado, tan triste, le comenta al médico que teme que el niño se esté apagando. 'Creo que mi hijo se está muriendo'.
Y observamos al hermano mayor del niño malherido, conmocionado porque él le vio desmadejado y cubierto de sangre en la calle, incapaz de digerir su propio shock pero capaz de considerar a su hermano un daño colateral, uno de tantos daños colaterales del conflicto, la coartada que sirvió para justificarlo todo.
Leyendo el libro de Ander, que es la historia de Alberto, acompañamos, en fin, a una familia que ha de seguir haciendo su vida, entre viajes al hospital, infecciones, curas, ortopedia y recursos limitados; la nueva vida de un niño al que todo el pueblo conoce pero por el que apenas nadie ---menos aún cuando los meses pasen--- alcanzará a interesarse demasiado.
Entre el día que a Alberto le explotó una mochila en la plaza Aralar, 1982, y el día en que ETA anunció que dejaba de matarnos, 2011, aún pasaron treinta años ---treinta--- de mochilas y bombas y de concejales asesinados y de féretros y funerales y personas corrientes obligadas a llevar escolta; y de resistencia cívica, y de lazos azules, y de manos blancas.