Hace no mucho era la época de los indignados. Ahora lo que mejor define nuestro tiempo es la falta de indignación. La insensibilización hacia la corrupción. Hay tanta, que buena parte de la población acepta que un presidente esté rodeado de ella sin inmutarse ya con cada nuevo escándalo. Estoy pensando, para variar, en Donald Trump.
Sus escándalos son de otra dimensión. Ayer supimos que Trump ganó 2.200 millones de euros. Y eso es solo una parte del botín, difícil de cuantificar porque es el único presidente que no hace pública su declaración desde Nixon. Sus ingresos desde que volvió a la Casa Blanca se han cuadruplicado en un año.
2.200 millones de euros es una cantidad tan asombrosa que es difícil de imaginar. Nada que ver con lo que ganó en su primer mandato, ni con lo que ganaba fuera de la política. La mayoría, en criptomonedas. Así no se sabe el origen exacto del dinero, ni cuánto tributa por ello, ni qué favores ha dado a cambio el presidente de EEUU. 2.200 millones de euros sin algo así como 1.700 collares como los que Zapatero tenía en su caja fuerte. Ni la piscina de oro del tío Gilito.
Algunas organizaciones de ética en Washington, (sí, todavía hay de eso) han echado cuentas y les sale que Trump gana el equivalente a 1,1 millones de dólares por hora por sus negocios privados (y opacos) como presidente. 1,1 millones.¡Por hora! Las criptomonedas dificulta saber el origen. También hay compras millonarias de acciones de grandes tecnológicas, que se han beneficiado de las decisiones del Gobierno.
Trump fundó World Liberty Financial con sus hijos apenas tres días antes de retomar la presidencia en enero del 25. Y en seguida llegaron 500 millones de dólares de Emiratos Árabes. Meses después, Trump autorizó la venta de chips de inteligencia artificial a los Emiratos, pese a las advertencias de seguridad.
Y esta sensación de que ante la inflación de escándalos ya no nos echamos las manos a la cabeza lo suficiente me temo que nos resulta familiar.
La gente se ha insensibilizado,
tanto escándalo es demasiado