Elena Kostyuchenko: "La única manera de evitar futuras guerras es un cambio de poder en Rusia"
La reportera del censurado Novaya Gazeta es una de las voces más valientes del periodismo ruso actual. Ella misma tuvo que exiliarse tras cubrir el conflicto sobre el terreno. En Amo a Rusia (Capitán Swing) retrata el derrumbe social y el auge del fascismo en la Rusia de Putin.
Madrid |
Las imágenes que siguen llegando desde Ucrania en estos días son las de un país devastado: edificios calcinados hasta los cimientos, civiles asesinados, vidas rotas de manera irreversible. Si hubiera que buscar un color que lo sintetice, sería el de aquella película: azul oscuro casi negro. Elena Kostyuchenko conoce bien esta realidad porque documentó para Novaya Gazeta, el medio independiente más importante de Rusia, el inicio de la invasión y las atrocidades del ejército ruso en Jersón, Mariúpol y Zaporiyia, territorios que después se autoanexionó el Kremlin. Ya nunca pudo volver a casa y sospecha que intentaron envenenarla poco después pero sobrevivió para contarlo y eso es precisamente lo que ha venido a hacer a Madrid.
Kostiychenko nos recibe en una librería del centro: de esas que invitan a sentarse y charlar. O a sentarse y escuchar. Tiene la mirada clara y el discurso lúcido, cualidades que imprimen también su forma de narrar. Con frecuencia, se concentra en el infinito mientras habla. Cierra los ojos cuando evoca su Rusia natal, quizá para aferrarse -aunque duela, y mucho- al recuerdo de la familia que tuvo que dejar atrás y de ese "país perdido". Así reza el subtítulo de Amo a Rusia, el libro en el que recoge algunas de sus crónicas e investigaciones, y también ensayos personales que dan testimonio de la deriva del país hacia el fascismo y de cómo algunos sectores de su población -disidentes y también personas vulnerables en general- han sido abandonados o directamente eliminadas de forma brutal. Dicho así, podría parecer que no hay esperanza. Todo lo contrario. El libro -que acaba de editar en España Capitán Swing- es también un canto a la resistencia moral y a los que no callan. Un canto punk. Pongan a todo volumen a las Pussy Riot y lean.
PREGUNTA:En Amo a Rusia escribes sobre personas marginadas por la sociedad rusa: adolescentes queer, pacientes psiquiátricos, personas con adicciones... ¿Qué fue lo que primero te atrajo, como periodista, hacia esas personas invisibles en lugar de centrarte en quienes tienen el poder?
Trabajé en un departamento llamado "grupo de reporteros"; éramos algo así como fuerzas especiales periodísticas. Íbamos a cualquier sitio donde ocurriera algo extremo: guerras, atentados terroristas, protestas masivas, asesinatos... Pero entre todos esos acontecimientos había tiempo libre, y fue entonces cuando empecé a fijarme en personas y comunidades marginadas o invisibilizadas.
P.: Tu trabajo también difumina la frontera entre el reportaje y tus propios recuerdos, tu familia y tus miedos. ¿Fue difícil colocarte a ti misma dentro de la narración de una forma tan honesta, directa y vulnerable?
R.: Sí, fue extremadamente difícil. De hecho, elegí el periodismo porque me permitía no mirarme nunca a mí misma. Podía observar a otras personas, sus vidas y sus problemas, sin pensar en los míos. Pero cuando comprendí que tenía que escribir un libro sobre cómo mi país descendió hacia el fascismo, entendí que ya no podía esconderme detrás de las historias de mis personajes, como había hecho toda mi vida. Si iba a escribir sobre eso, tenía que mirarme también a mí misma: las decisiones que tomé, las cosas que pensé y sentí. Entonces me hice una promesa: no mentir y no evitar los temas incómodos. Tenía que observarme con la misma mirada con la que había observado a otras personas durante toda mi carrera.
Estoy muy agradecida a mi esposa. Fue la primera lectora del libro y la primera en leer todas esas partes personales. Yo le decía: "Cada vez que sientas que estoy diciendo tonterías o escondiéndome, dímelo directamente". Y cada vez que intentaba suavizar algo, ella me decía: "Aquí no estás siendo sincera, cuenta la verdad". Así fue como trabajé el libro.
P.: Una de las ideas principales del libro —y me recordó a las tesis de Peter Beinart en Ser judío tras la destrucción de Gaza— es que la crítica puede ser también una forma profunda de patriotismo. ¿En qué momento comprendiste que amar a Rusia y oponerte al Estado ruso se habían vuelto inseparables para ti? Y, ¿cómo estás viviendo la invasión de Ucrania?
R.: Probablemente no lo entendí desde el principio, cuando entré en Novaya Gazeta, pero sí bastante pronto. Porque uno no puede amar al Estado. Se puede amar al país, pero el estado es solo un mecanismo sin alma que, en teoría, debería servir al bien común pero que a menudo reprime a la gente para mantener eternamente en el poder a quienes gobiernan. Mi editor tuvo mucha influencia en esto y para mí ahora son cosas totalmente distintas. Estoy de acuerdo con Peter Beinart en que criticar es una forma absoluta de amor. Cuando amas algo profundamente, no ignoras las manchas oscuras de la imagen: intentas eliminarlas, y para hacerlo primero tienes que identificarlas.
Criticar es una forma absoluta de amor
La invasión a gran escala fue un shock total para mí, como para la mayoría de los rusos. Yo estaba equivocada, incluso delirando un poco. Recuerdo que estaba preparando mi maleta para ir a cubrir la guerra y mi esposa me dijo: "Solo tienes medicación para dos semanas". Y yo le respondí: "¿Crees que esta locura durará más?". Pero duró. Y quedó claro que muchos de mis compatriotas seguían cometiendo crímenes de guerra cada día en Ucrania, matando a personas que nunca habían conocido y que no les habían hecho nada. Eso me destruye. Pero también me hace querer entender cómo una persona que ha vivido toda su vida en el Lejano Oriente ruso, sin ninguna relación con Ucrania, puede ir allí a matar gente. Creo que existen mecanismos que lo explican, pero aun así me sigue impactando.
La invasión a gran escala fue un shock total para mí
P.: ¿Cómo crees que puede terminar esta guerra? ¿Y cómo podrían sanar los rusos después de este periodo, que imagino será un trauma nacional?
R: Ya es un trauma enorme. Creo que, mientras lo estamos viviendo, aún no entendemos hasta qué punto nos está destruyendo a todos. No creo que Putin sea el único responsable. Creo en la responsabilidad colectiva. También creo que en Rusia existe fascismo, y que es una enfermedad que compartimos, en mayor o menor medida. Espero cada día que esto termine, porque diariamente mueren entre mil y mil quinientas personas en ambos lados del frente.
"La guerra de Ucrania ya es un trauma enorme en Rusia"
Y creo que, si Putin sigue en el poder, esta no será la última guerra. Él quiere entrar en la Historia y mantenerse en el poder todo el tiempo posible, y la guerra le ayuda a hacerlo. Si esta termina, podría atacar otro país y luego otro más. Por eso creo que la única manera de detener esta guerra y evitar otras futuras es un cambio de poder en Rusia. Y sinceramente pienso que el régimen ya ha pasado el punto en el que pudiera transformarse gradualmente en algo diferente. Creo que solo puede cambiar mediante una revolución. Y eso me duele muchísimo, porque como reportera he cubierto varias revoluciones y sé que son un caos sangriento. Nunca habría deseado algo así para mi país. Pero ya estamos viviendo en medio de un desastre sangriento.
El fascismo puede crecer en cualquier país, cultura o nación
P.: ¿Tienes la sensación de que, fuera de Rusia, mucha gente solo ve a los rusos a través de la política del Kremlin?R.: Sí. Y creo que precisamente ese es uno de los objetivos de la propaganda: hacer que desde fuera se vea a los rusos como una extensión de Putin. Es triste, pero también creo que nadie nos debe nada. Los crímenes cometidos por ciudadanos rusos en Ucrania son reales, y millones de refugiados ucranianos están contando sus historias en Europa, pero cualquier simplificación es peligrosa. Veo cada vez más la idea de que "los rusos tienen una tendencia natural al fascismo", como si estuvieran condenados a la violencia. Y no creo que eso sea cierto. Yo creo que el fascismo puede crecer en cualquier país, cultura o nación. Nadie es inmune. Yo misma pensaba que Rusia era inmune porque luchó contra el fascismo y ganó la Segunda Guerra Mundial. Pero no. Y el año pasado viví en Estados Unidos y vi muchas cosas que ya había observado en Rusia hace diez o quince años: la polarización social, las protestas aparentemente inofensivas, la autocensura... Creo que no se trata de rusos o estadounidenses. Se trata de personas asustadas. Y las personas asustadas se comportan de maneras muy parecidas.
P.: Los reportajes de la asesinada Anna Politkóvskaya inspiraron de una manera especial a vuestra generación. Ahora que el discurso fascista sigue creciendo, ¿cómo ves el futuro del periodismo independiente, no solo en Rusia sino en todo el mundo?
R.: En realidad soy bastante optimista. A pesar de la propaganda y la represión, los rusos siguen queriendo saber qué está ocurriendo. Según las últimas estimaciones, alrededor del 40% usa VPN para esquivar la censura estatal, lo cual es una cifra enorme. Y muchos son personas mayores, incluso de setenta u ochenta años. Creo que el deseo de conocer la verdad es biológico. Por otro lado, sí veo que la idea de que el periodismo es un pilar esencial de la democracia se está debilitando. El rechazo a las noticias y la desconfianza hacia los medios tradicionales están creciendo en todo el mundo. Pensaba que era algo específicamente ruso, porque allí muchas personas se sienten impotentes y las noticias parecen repetir siempre la misma tragedia una y otra vez. Pero no: es una tendencia global. La inteligencia artificial y TikTok tampoco ayudan precisamente a restaurar la confianza.
Creo que el deseo de conocer la verdad es biológico
Aun así, veo algo esperanzador: muchos periodistas rusos tuvieron que exiliarse y quienes siguen informando desde Rusia son, en muchos casos, jóvenes muy jóvenes, sin experiencia ni formación periodística previa. Eligieron convertirse en periodistas en el momento más oscuro de nuestra profesión y siguen comprometidos con valores que mucha gente ya abandonó. Por eso creo que el periodismo sobrevivirá. Pero necesitamos una conversación honesta sobre qué significa hoy hacer periodismo: cómo verificamos la información, cómo recuperamos la confianza social y si basta con describir el fascismo o si también debemos combatirlo. Será una conversación dolorosa, pero necesaria.
P.: ¿También eres optimista respecto a la posibilidad de volver algún día a Rusia?
R.: Sí. De hecho, eso es lo que me mantiene en pie. Algunos amigos exiliados quieren echar raíces fuera de Rusia y construir una nueva vida que sustituya la anterior. Yo no quiero eso. Quiero volver. Quiero trabajar para mi gente y para mi comunidad. Cada día espero ese momento y trabajo para hacerlo posible. Lo que más me duele es no saber cuánto tiempo le queda a mi madre. Tiene 79 años. Nunca quise irme tan lejos. Me gustaría muchísimo poder pasar estos años junto a ella, pero ahora mismo no es posible. Y eso duele muchísimo.
P.: Has escrito que quizá este sea el último libro que publicas sobre tu patria "durante mucho tiempo, tal vez para siempre". Después del exilio y de esta distancia, ¿qué significa Rusia para ti? Y no me refiero sólo al país: quiero decir, ¿cuáles son las implicaciones a nivel de memoria, idioma y contexto?
R.: Es difícil responder. Mis amigos me dicen a veces: "Lo que echas de menos no es Rusia, sino el pasado. La Rusia que recuerdas ya no existe". Y probablemente tengan razón. Cuando vuelva, tendré que aprender a relacionarme con un país diferente. Pero aun así quiero reconectar. Intento mantener viva toda conexión posible. Para mí, Rusia son ante todo las personas: mi madre, mi hermana, mis colegas, las personas que entrevisté en hospitales psiquiátricos o en pueblos indígenas del norte. Algunas ya murieron y otras siguen vivas, pero sigo sintiéndome profundamente unida a ellas.
Para mí Rusia son ante todo las personas
Rusia también es mi amor, mis sueños y mi lengua, una lengua que además está cambiando mucho por la censura y la guerra. Y también —aunque suene ridículo— Rusia es un pequeño pueblo perdido en la región de Yaroslavl. No hay carreteras, ni cobertura telefónica, ni internet. Hace unos años compramos allí un pequeño terreno. Mi madre cultiva un jardín y, cuando vuelve a tener conexión, me envía vídeos diciendo: "Mira, esta semana florecieron estas flores y la próxima florecerán otras". Cada vez que pienso en Rusia veo ese pueblo y ese jardín que mi madre cuida esperando que yo vuelva. Pero también sería mentira decir que este amor no duele. Duele muchísimo. Cada crimen horrible cometido por mi país o por personas de mi país lo siento como algo propio.
Cada crimen horrible cometido por mi país lo siento como algo propio
Sin embargo, no quiero renunciar a ese amor por miedo o dolor. Creo que el amor es la fuerza más poderosa del universo. A veces incluso puede vencer a la muerte. Lo vi con mis propios ojos. Cuando iba camino de Mariúpol, desde Zaporiyia veía cada día columnas de coches de civiles atravesando bombardeos para rescatar a sus seres queridos. No había corredores humanitarios. Podían morir en cualquier momento, y muchos murieron. Pero seguían yendo. Nunca olvidaré esas interminables filas de coches dirigiéndose al lugar más peligroso del planeta para salvar a quienes amaban. Y algunos lo lograron. Después de ver eso me prometí a mí misma que nunca renunciaría al amor por culpa del miedo, del dolor o incluso del sentido común.
Nunca renunciaré al amor por culpa del miedo, del dolor o incluso del sentido común
P.: Elena, muchísimas gracias. Ojalá podamos volver a hablar en circunstancias muy diferentes.
R: Eso espero yo también. Gracias por tus preguntas. Y gracias también a todos los que escuchan. Escuchar es un trabajo difícil, lo sé.