Arancha González Laya: "Hay que abrir la caja negra de los algoritmos; no funcionan para acercarnos, sino para viralizar el dolor, la rabia y la ansiedad"
La exministra de Asuntos Exteriores reflexiona sobre cómo los algoritmos impactan en la vida democrática y fragmentan las sociedades, destruyendo los consensos y fomentando comunidades cada vez más polarizadas y enfrentadas.
La exministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, rechaza el fatalismo sobre el futuro de Europa y advierte de los riesgos que afronta el proyecto comunitario en un contexto internacional marcado por la guerra, la rivalidad tecnológica y la fragmentación política. La diplomática defiende que la Unión Europea todavía dispone de herramientas para reforzar su autonomía, como la voluntad, y alerta del impacto de los algoritmos y las grandes plataformas digitales sobre la calidad democrática.
Europa ante un mundo sin reglas
Preguntada por la idea de que "Europa se está suicidando", González Laya sostiene que la expresión refleja la dificultad de la Unión Europea para desenvolverse en un escenario internacional en el que las reglas que sustentaron el orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial están siendo cuestionadas.
Según explica, Europa es "una criatura de un sistema basado en reglas" y afronta el reto de compatibilizar intereses y valores en un mundo donde ya no existen las certezas del pasado. Aun así, rechaza cualquier visión determinista sobre el declive europeo.
"No hay nada irreversible", afirma. En su opinión, la principal amenaza es asumir que el futuro ya está escrito y resignarse ante el avance de potencias como China o Rusia: "No caigamos en la trampa de la inevitabilidad".
La voluntad política como principal arma
La exjefa de la diplomacia española considera que el arma más grande que tiene Europa sigue siendo la voluntad política de sus ciudadanos y dirigentes. Recuerda que la construcción de Europa nació de la decisión compartida de asumir costes para ganar fuerza colectiva y asegura que las encuestas muestran una creciente demanda social de más integración porque "sabemos que construyéndolo juntos vamos a ser más fuertes".
"Cuando miro las encuestas de opinión en España y Europa, veo que hay cada vez más ciudadanos que están pidiendo a sus líderes políticos que construyan más Unión Europea, que pongan más en común, que conecten más sus sistemas energéticos, que inviertan más conjuntamente en defensa para construir disuasión europea, que mejoren la integración del mercado único porque eso nos va a dar competitividad, que mejoren los sistemas de protección social y de solidaridad a nivel europeo, porque eso nos va a dar cohesión", explica.
Por ejemplo, la exministra cree que la respuesta europea a la invasión rusa de Ucrania demuestra que la Unión Europea es capaz de actuar unida ante amenazas que son "existenciales". Frente a quienes auguraban un rápido desgaste del apoyo a Kiev, destaca que los europeos han mantenido el respaldo porque entienden que la seguridad del continente está directamente vinculada al desenlace del conflicto.
Rusia, una amenaza que Europa tardó en comprender
La diplomática sostiene que durante décadas Europa construyó "un proyecto político anclado sobre la noción de paz a través de la interdependencia", es decir, "cuanto más nos uníamos, más pacífico era nuestro espacio y pensábamos que porque a nosotros esto nos funcionaba, al resto del mundo le iba a funcionar", pero la guerra de Ucrania ha demostrado los límites de esa visión.
"Nos hemos despertado en un mundo" en el que Rusia cuestiona principios básicos del orden internacional, como lo es la inviolabilidad de las fronteras. Y nos enfrentamos a una realidad para la que "también tenemos que ser lúdicos" porque "vivimos al lado de un país con el que queremos tener buenas relaciones de vecindad, pero que nos ataca físicamente (Ucrania) y al resto de Europa a través de ataques a infraestructuras energéticas, ciberataques y haciendo esfuerzos para interferir en el espacio democrático".
Los algoritmos y la erosión de la democracia
Esa injerencia se produce en parte a través de las redes sociales y sus granjas de miles de bots, con la colaboración de algunos tecnofeudales como Elon Musk. Y de hecho, la exministra dedica uno de los capítulos centrales de su libro a esto: al impacto de los algoritmos en la vida democrática. González Laya alerta de que las plataformas digitales están contribuyendo a fragmentar las sociedades y a destruir los consensos mínimos sobre los que se sustentan los sistemas democráticos.
Para ella, los algoritmos fomentan la creación de comunidades cada vez más polarizadas y enfrentadas, hasta el punto de que distintos grupos terminan viviendo en realidades incompatibles. En su opinión, la democracia necesita un "suelo común" de hechos compartidos para funcionar, algo que las redes sociales están debilitando al favorecer dinámicas de confrontación permanente.
"Hay que abrir la caja negra de los algoritmos"
Ante el poder creciente de los grandes magnates tecnológicos, González Laya plantea una doble respuesta: regulación y refuerzo de los espacios cívicos de debate.
La exministra rechaza el argumento de que cualquier regulación perjudica la innovación y reclama mayor transparencia sobre el funcionamiento de las plataformas digitales: "Hay que abrir esa caja negra que son los algoritmos. Hay que saber cómo están funcionando porque no funcionan para acercarnos, sino para viralizar el dolor, la rabia y la ansiedad".
Junto a la regulación, defiende la necesidad de recuperar espacios de conversación pública donde sea posible escuchar al discrepante, debatir con serenidad y reconstruir una cultura democrática basada en el respeto mutuo: "¿No ha sido interesante ver cómo la llegada del papa a España nos ha permitido tener un montón de debates sosegados y escuchando mensajes que son bastante fáciles de entender? La idea del bien común, de trabajar por todos, de respetar al contrario, de poder dialogar y debatir con quien tenga opiniones distintas. Es casi revolucionario y ahí está el problema".
La crisis de 2008, origen de la fragmentación actual
González Laya sitúa el origen de muchos de los problemas actuales en la crisis financiera de 2008, que considera el inicio de una "década perdida" para Europa.
A su juicio, la Unión Europea cometió el error de interpretar aquella crisis en términos morales, distinguiendo entre países "virtuosos" y "pecadores", en lugar de entender el continente como "un mercado único" en el que "si a uno le iba mal, a todos les iba mal".
Aquella respuesta, sostiene, prolongó los efectos de la crisis y alimentó profundas consecuencias políticas: el auge de los populismos, la fragmentación del espacio público y una creciente dificultad para alcanzar consensos.
Según la exministra, esa fractura política sigue condicionando la capacidad de Europa para responder de forma unida a los desafíos geopolíticos, económicos y tecnológicos que tiene por delante.