El presidente Sánchez acudió ayer a dar explicaciones al Congreso tras la condena de 24 años a Ábalos, la imputación de Zapatero y el caso Leire Díez, que además de a Cerdán salpica a la Guardia Civil y a las cuentas del PSOE.
Y lo más parecido a una explicación que nos da Sánchez es que corrupción hay, sobre todo, en las noticias. Qué manía los telediarios con ir contando todos los días detalles de los líos de su familia, su partido y su Gobierno. Y los jueces y la UCO con perseguirlos, si de eso ya se encarga él.
El verdadero test de la corrupción, según Sánchez, no es cuántos casos le broten dentro del Gobierno, sino cómo de contundente se muestra contra ella. Vino a decir el presidente que quién mejor que él para librarnos de la corrupción de los Ábalos y los Cerdanes si fue él quien los nombró.
Sánchez habló de su presunta lucha contra la corrupción como si fuera él, y no la UCO y la prensa, la que ha ido destapando los casos que su partido y su Gobierno niega y niega, hasta que salen a la luz suficientes indicios como para pasar de negar que eso pasa, a negar que supiera que pasaba. Ayer vimos que ni sus socios, bueno, la mayoría de sus socios, creen al presidente cuando dice que él no sabía nada. Eso sí, le aguantan.
Y más que de Ábalos, mucho más que de la corrupción que pasaba en su Gobierno mientras él era presidente, Sánchez habló de Ayuso, del novio de Ayuso y recomendó a Feijóo echarse crema si va en yate por Galicia. Lo que hicieron Ábalos y Cerdán le parece historia antigua, lo vigente para él son la Gürtel, Aznar y Rajoy.
Y no se siente aludido porque la Justicia empapele a sus manos derechas. Se siente traicionado, pero no responsable de sus actos. Por Zapatero, sin embargo, no se siente traicionado. Reitera su confianza al ex presidente el mismo día que supimos que la UDEF, ese órgano de la policía que el propio Zapatero creó, considera que cobró 200.000 euros de una empresa peruana camuflados como consultoría.
Sánchez no se da por aludido
Por nada de lo que pasa en su partido