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Por qué tenemos inviernos más duros en un mundo cada vez más cálido: la tendencia en España y el resto de Europa

Los inviernos más duros contrastan con la tendencia de aumento de temperatura global. Odile Rodríguez de la Fuente explica los motivos de esta paradoja en Por Fin.

Por qué tenemos inviernos más duros en un mundo cada vez más cálido: la tendencia en España y el resto de Europa

Javier Matiacci

Madrid |

España encadena semanas de lluvias y borrascas encadenadas. Otras partes del planeta han vivido este invierno episodios de frío y nieve históricos. Moscú ha registrado su enero más nevado en más de dos siglos y en Estados Unidos y Canadá una megatormenta invernal ha dejado temperaturas extremas, como los -42 grados alcanzados en Minnesota. Entonces surge una cuestión. Si el planeta se está calentando, ¿por qué seguimos viendo inviernos tan duros?

Desde la Revolución Industrial, la temperatura media global ha aumentado alrededor de 1,3 grados. Pero ese calentamiento no se reparte de forma homogénea. En el Ártico, por ejemplo, la temperatura sube a un ritmo casi tres veces superior a la media del planeta. En regiones templadas como España, lo que se observa es un cambio en las estaciones, como está sucediendo ahora. Inviernos más cortos, pero también más extremos.

Las corrientes atmosféricas juegan un papel clave

Uno de los factores clave está en las grandes corrientes atmosféricas que regulan el clima del hemisferio norte. Entre ellas destaca la corriente en chorro polar, un río de aire que separa el frío del Ártico del aire más templado de las latitudes medias. Su estabilidad depende de la diferencia de temperatura entre los polos y los trópicos. Cuanto mayor es ese contraste, más fuerte y recta es la corriente.

El problema es que ese contraste se está reduciendo. Ese proceso debilita la corriente en chorro polar. Cuando eso ocurre, el aire frío puede escapar hacia el sur y alcanzar regiones donde antes no llegaba con tanta facilidad, como el centro y el este de Europa o el interior de Estados Unidos.

A este fenómeno se suma la inestabilidad del vórtice polar ártico, una gran masa de aire helado situada sobre el Polo Norte. Cuando el vórtice se debilita, se fragmenta y empuja aún más esas masas de aire frío hacia latitudes medias. El resultado son olas de frío más intensas y persistentes.

En España y buena parte de Europa entra en juego un tercer actor: la corriente en chorro subtropical. El cambio climático está provocando que esta corriente, rica en humedad, se desplace cada vez más al norte. Al encontrarse con un chorro polar debilitado, ambas pueden fusionarse, generando ríos atmosféricos muy potentes que alimentan trenes de borrascas, lluvias intensas y episodios de tiempo muy adverso como los vividos este invierno.

La importancia de la Corriente del Golfo

Además, el clima europeo depende en gran medida del océano. La Corriente del Golfo actúa como un enorme radiador que transporta calor desde el Caribe hasta Europa. Sin ella, ciudades como Madrid o Londres tendrían un clima similar al de Nueva York o Quebec. Sin embargo, el deshielo de Groenlandia está vertiendo grandes cantidades de agua dulce en el Atlántico Norte, lo que debilita la gran circulación oceánica conocida como AMOC. Los científicos estiman que se encuentra en su punto más débil de los últimos mil años.

Si esta circulación se ralentiza, el calor llega a Europa de forma más irregular. Eso favorece inviernos más fríos y un clima más extremo e impredecible, con episodios de lluvias intensas, borrascas persistentes y contrastes térmicos muy marcados.

El calentamiento global no implica inviernos suaves. Al alterar los grandes engranajes atmosféricos y oceánicos del planeta, el cambio climático puede traducirse en más extremos, más contrastes y, paradójicamente, en inviernos más duros en España y en el resto de Europa.