Por si queda alguien convencido de que si más jóvenes no se emancipan es porque no quieren, tan comodones ellos con su Spotify y su Ryanair, este dato resume el espejismo: es tan cara la vivienda y tan bajos los sueldos que los jóvenes españoles, para irse a vivir solos, necesitarían el 98,7% de su sueldo. El 99%, redondeando.
Así que en vez de criticarles cómo gastarían ese 1% restante, habrá que hacerse mirar cómo hemos llegado hasta aquí. Y 'aquí' es el mínimo histórico de emancipación juvenil: el 14,5%. Nunca se habían ido de casa tan pocos jóvenes. Es más, la media de edad de emancipación es de 30,2 años. Es decir, cuando dejan de ser jóvenes. La media en Europa es mucho más baja: de 26,3 años. Algo tendrá que ver que España es de los países que menos recursos públicos invierte en su juventud.
El problema no es el paro juvenil, que está bajando. El problema es que el sueldo no da para pagarse una casa. Siete de cada diez jóvenes con trabajo sigue en el hogar familiar, según el Consejo de la Juventud en España. Tener empleo no garantiza, según la zona, ni siquiera una habitación en un piso compartido. Casi uno de cada cinco jóvenes con empleo está en riesgo de pobreza en España.
El acceso a la primera vivienda no depende de su esfuerzo, sino de si sus padres les pueden o no echar una mano. No puede extrañarnos ahora que la palabra meritocracia, en su origen, naciera como un concepto peyorativo. La popularizó, en los años 50, una sátira política del sociólogo británico Michael Young.
"El ascenso a la meritocracia" imaginaba para el siglo XXI una sociedad supuestamente basada en el mérito. Sin embargo, era una distopía para ridiculizar a quienes creen que el éxito se basa solo en el esfuerzo, olvidando que el punto de partida no es el mismo para todos. De hecho, eso es lo que se les está negando a toda una generación de jóvenes: un punto de partida.
La emancipación
les parece ciencia ficción