Fernando Ónega, el cronista de la Transición que sigue leyendo el pulso de España
El periodista ha muerto este martes a los 78 años de edad. En este pódcast con Nacho Arias hace una trayectoria de toda su trayectoria profesional.
Hay periodistas que narran la historia y otros que, sin proponérselo, terminan formando parte de ella. Fernando Ónega pertenece a esa segunda categoría. Testigo privilegiado de la Transición, autor de una de las frases más icónicas de la democracia —el "puedo prometer y prometo" que pronunció Adolfo Suárez— y voz imprescindible de la radio española durante más de cuatro décadas, Ónega encarna una forma de entender el periodismo que combina memoria, rigor y serenidad.
A los 29 años entró en La Moncloa como director de prensa de la Presidencia del Gobierno. Desde ese despacho vivió la construcción de la democracia junto a Suárez y a figuras clave como Torcuato Fernández-Miranda. "Tuve la inmensa fortuna de estar allí en un momento apasionante", recuerda sin impostura. Rebaja protagonismo, huye del énfasis, pero fue uno de los arquitectos invisibles del relato político de aquellos años decisivos.
Su trayectoria no se explica solo por su cercanía al poder, sino por una ética profesional que reivindica el trabajo diario y el contacto directo con las fuentes. Frente al periodismo apresurado y digital, Ónega defiende el valor de "estar en el sitio” y de hablar con las personas más allá del titular.
Esa filosofía le ha permitido analizar con perspectiva a todos los presidentes de la democracia: reconoce en Felipe González al modernizador del país; considera Irak el gran error de José María Aznar; ve en José Luis Rodríguez Zapatero al político sentimental que no supo anticipar la crisis; y llama a la prudencia con las nuevas generaciones, incluido Mariano Rajoy, evitando caer —dice— en la injusticia de la comparación permanente con la Transición.
Su diagnóstico sobre el presente es claro: echa en falta la generosidad y el sentido de proyecto común que hicieron posible el consenso constitucional. Para Ónega, aquel fue “el hecho histórico más importante de los últimos siglos”, un esfuerzo colectivo en el que participaron quienes venían del franquismo y quienes regresaban del exilio sin ánimo de revancha.
Pero si algo define al periodista gallego no es solo su biografía política, sino su carácter. Desde su aldea lucense de Esteiro hasta los estudios de radio, conserva la morriña, la memoria de las historias contadas al calor de la cocina y el respeto casi sagrado por el oficio aprendido a mano, enviando entrevistas escritas desde el seminario al periódico local. Nunca ha dejado de trabajar. Nunca ha estado un solo día en paro. Y sigue caminando —ahora en cinta— como metáfora de una carrera que no se detiene.
Compañeros de varias generaciones lo describen como “el periodismo tranquilo”, un profesional que confirma antes de publicar y opina después de pensar. Él, en cambio, prefiere definirse desde la humildad: alguien que sigue aprendiendo. Quizá por eso, más que una lección de historia, Fernando Ónega es una lección de permanencia. De cómo contar un país sin estridencias. Y de cómo seguir siendo relevante cuando el tiempo pasa, pero la vocación permanece intacta.