Del silencio atronador a las lágrimas de tristeza en Mestalla
La afición del Valencia está sufriendo una desastrosa temporada que puede finalizar con el descenso a segunda división
Valencia |
Hay varias generaciones que no han vivido jamás lo que se está viviendo hoy en día en el valencianismo. Hay una generación de valencianistas que no sabe lo que es sufrir en una pelea como esta por no descender a los infiernos. Son esos que se han criado al calor de los grandes éxitos del Valencia con aquellas finales de Champions, los títulos de Liga, las Copas del Rey y otros tantos logros. Para ellos, lo que están viviendo es completamente nuevo.
No es mi caso. Yo me crie en el Valencia de principios de los ochenta. Los domingos, mi padre siempre cumplía con el ritual: por la mañana a ver al equipo de mi pueblo, el Xirivella, y por las tardes a Mestalla. No eran años fáciles para ser valencianista como demostró el gol de Tendillo al Real Madrid en 1983 o el descenso a segunda división de unos años después. En mi clase del colegio mientras muchos coleccionaban cromos de Butragueño, Míchel o Martín Vázquez, lo mío era celebrar goles de Sánchez Torres. Las sensaciones, pese a verlo ahora como periodista y de manera más profesional y a pesar del tiempo que ha pasado, son muy similares.
No me sorprendió el silencio de Mestalla cuando Badé hizo el primer gol en Mestalla. Los cuarenta mil que allí estábamos no teníamos ya ni fuerzas para protestar lo que fue una clara falta del futbolista hispalense. El miedo nos recorrió el cuerpo, nos paralizó como paraliza el terror a verte condenado, y Mestalla se convirtió casi en un cementerio. Y como en cualquier funeral afloraron las lágrimas en todos aquellos que de verdad sienten algo por el fallecido. Del silencio a las lágrimas.
Al acabar el encuentro yo me imaginé a Lim con traje de enterrador. Esa camiseta negra con la que habitualmente le hemos visto, convertida en un traje y chaqueta con corbata negra. Sin esbozar ni una mueca mientras va colocando la lápida en su sitio. La cosa no va con él salvo porque él mismo ha provocado el deceso. No tiene sentimientos ni quiere tenerlos. Ni tan siquiera cuando mira a su alrededor y ve a los "familiares" del difunto apenados, cabizbajos, con lágrimas en los ojos, dando el último adiós. Él sabe que es su obra y que jamás, ni cuando pudo recurrir a la medicina en invierno, quiso remedarlo.
Del silencio a las lágrimas y de las lágrimas a la esperanza de que se obre un milagro. No queda mucho tiempo hasta colocar la lápida y tapar definitivamente la sepultura. Los valencianistas que asistimos al funeral nos resistimos a creer que este es el final. Nuestro sentimiento nos impide pensar que no haya nada que hacer mientras Lim va arrastrando el ataúd hacia la tumba. Queremos pensar que habrá una señal, antes o después, de que aún sigue con vida. Esperamos el milagro porque tal ha sido la fuerza, la viveza del Valencia años atrás. Y a eso, se le llama esperanza.