La verdadera democracia
Por el profesor y escritor Javier Arias Artacho
La Ribera |
Me preocupa la polarización que vive nuestra sociedad. Dos bandos atrincherados en búnkeres infranqueables y que se desprecian mutuamente. Muchos de sus combatientes disparan inyectados de fanatismo, y disparan a bulto, sin importarles nada más que el disparar. No hay razones. Solo el principio de que el fin que justifica los medios, y el fin son los sillones y todo lo que ello conlleva, pero no para ellos, sino para sus líderes, aquellos que venden humo en campaña electoral porque mentir y actuar con deshonestidad está permitido. Una buena parte de la ciudadanía va a votar como si fuera a un campo de fútbol, jaleando a su equipo porque es el suyo. Jamás aplaudirían al contrincante, jamás le concederían la dignidad de haberlo hecho mejor. La masa de la grada muy pocas veces hace esas concesiones, pero a veces sucede. En la política actual, nunca.
Creo que hay que comenzar a educar a nuestros jóvenes con otros valores, con una nueva mirada alejada de la radicalidad, una mirada más honesta. Ningún verdadero cambio social arraiga en la ciudadanía sin tiempo. Necesita cuajar y que la responsabilidad de sus líderes no contribuya al enfrentamiento y a la infamia. Sin embargo, no hay que concederles todo el compromiso a ellos: se trata de una obligación social que debe nutrirse desde la familia, la escuela, la cultura y los medios de comunicación.
En culturas no lejanas a la nuestra, como la de los países nórdicos, Suiza o Nueva Zelanda, la tolerancia hacia la corrupción y la deshonra es muy inferior a la nuestra. Mucho más severos son en Japón o en Singapur, por ejemplo, donde un ministro puede verse obligado a dimitir por unas declaraciones impropias o por un escándalo quedañe la confianza pública, incluso sin una condena penal. Esta es la cultura ciudadana nipona y, en la singapurense, existe una oficina para investigar denuncias de corrupción ajenas a los cargos políticos y que tiene como fin acabar con cualquier tipo de impunidad. El valor de la honestidad es apreciable y, aunque la corrupción es una tentación intercultural, existen métodos para condenarla socialmente, penalmente y políticamente.
Nuestro contexto requiere que educadores, escritores y personajes de la vida pública se comprometan con la verdad y pongan en valor a los justos, más allá de cualquier ideología personal. Se debería poner en valor a aquellos políticos que han tenido un amplio apoyo y prestigio popular por su ejemplo y compromiso. Václav Havel, expresidente de la República Checa se enfrentó al comunismo y defendió la idea de vivir en la verdad desde una notable integridad moral. El uruguayo Jorge Mujica, de radical compromiso con la izquierda, tuvo el reconocimiento de sus adversarios por su coherencia y estilo de vida austero y sencillo. ¡Qué decir de Nelson Mandela! Al exlíder sudafricano lo podemos ubicar en la centroizquierda y su renuncia a la revancha política y su apuesta por la reconciliación nacional después de una vida de encarcelamiento le granjeó el respeto de su pueblo y la admiración internacional. Un respeto que también obtuvo la política alemana Ángela Merkel, de ideología de centroderecha, quien, a pesar de tomar decisiones controvertidas, jamás se vio involucrada en escándalos personales y se convirtió en un referente admirado por su seriedad, sobriedad y valentía en un mundo de líderes masculinos.
Estos y muchos otros deben ser los referentes de nuestros jóvenes, paradigmas en los que fijarse a la hora de votar. No podemos aspirar a heredarles una sociedad de hooligans y trincheras, sino un país que le otorgue mayoritariamente el voto a aquellos líderes honestos, sean de partido que sea, sean de la ideología que sean. Aunque es legítimo y democrático, es inmoral otorgar el voto a aquellos que no gobiernen o se comporten desde la oposición de una forma ética. Este debería ser el horizonte al que aspira una sociedad sana y madura. Lo demás es corrupción. Y no la de nuestros políticos, sino la de una ciudanía que sea capaz de permitir el engaño, la infamia o la falta de respeto. Para ello hay que saber reconocer la indecencia y, tal como lo veo hoy, las trincheras no son capaces de mirar más allá de su ombligo.