La Toma de decisiones en política. ¿Nos libera o nos abruma tener muchas opciones?
Con Edgar Bresó, profesor y psicólogo
La Ribera |
La semana pasada estuvimos hablando sobre la Toma de decisiones y hoy, teniendo en cuenta que estamos a las puertas de unas elecciones y que Edgar Bresó, además de Psicólogo es también analista político, hemos querido seguir hablando de este tema pero en esta ocasión aplicado a la política. Edgar Bresó, buenas tardes.
Buenas tardes Luís. Efectivamente, la semana pasada estuvimos hablando de cómo la investigación en psicología ha demostrado que tener más dónde elegir no siempre es mejor y hoy nos vamos a centrar más en detenimiento en cómo esto afecta a la conducta electoral y al voto en unas elecciones como las que nos vamos a enfrentar a final de mes.
Pero Edgar… En teoría, ¿Tener más partidos políticos nos tendría que dar más facilidad a la hora de votar no? Tenemos más opciones dónde ver nuestros intereses representados y, en consecuencia, podemos elegir mejor ¿no?
En teoría sí, pero en la práctica genera un fenómeno psicológico del que ya hablamos, la “parálisis por análisis”. Cuando nos encontramos con multitud de papeletas, partidos nuevos, coaliciones, etc. el esfuerzo mental para comparar programas, candidaturas y propuestas nos bloqueamos y dudamos demasiado a la hora de meter la papeleta en la urna.
A nuestro sistema nervioso no le gusta malgastar energía; busca siempre la eficiencia. Si le das un exceso de oferta política, la persona se abruma. Esto suele derivar en tres salidas habituales:
- El voto por inercia (votar lo de siempre)
- El voto protesta impulsivo o, directamente
- La abstención por agotamiento cognitivo.
Es curioso... Entonces, cuantos más partidos políticos se presentan, ¿Peor votamos? ¿Lo ideal sería tener solo dos partidos? ¿El bipartidismo?
Bueno… no exactamente. Esto tiene varios matices. Cuando solo hay dos opciones —pongamos A o B—, si eliges A y el gobierno no funciona bien, es fácil culpar al sistema o pensar que la otra opción tampoco era mucho mejor. Es lo típico que mucha gente ha dicho tradicionalmente y que algunos continúan diciendo de: da igual a quien vote, todos son iguales.
Pero si hay siete partidos y eliges uno que luego no cumple tus expectativas, el cerebro tiende a pensar: “Tenía otras seis opciones, la culpa es mía por haber elegido mal”. Eso genera un sentimiento de culpa, frustración y desencanto político mucho mayor. Además, cuantas más opciones hay, más insatisfechos quedamos con la decisión final (pensamos que podríamos haber elegido mejor). Pero lo más importante es que, eso también pasa con las expectativas, es decir, cuántos más partidos tenemos, más exigentes con los partidos nos convertimos (como pasaba con los bocadillo en el bar).
¿Y qué es lo que dice la ciencia que ocurre en nuestra mente cuando nos encontramos con un montón de partidos y programas electorales?
Pues como no podemos analizar cada una de las propuestas de diez partidos distintos, la mente simplifica radicalmente el problema. Ya no votamos procesando datos complejos, sino guiándonos por tres sesgos principales:
Sesgo de pertenencia: No elegimos el programa más óptimo, sino el partido que mejor conecta con "quiénes somos" o con nuestro grupo de referencia.
Sesgo de disponibilidad: Votamos condicionados por la última polémica, la frase más chocante de la campaña o la cara que más hemos visto en televisión y redes sociales. Vía lateral de la persuasión.
Efecto del voto útil: Muchas personas no eligen la opción que realmente les apasiona, sino que usan una tercera opción como referencia defensiva para evitar que gane la opción que consideran peor.
¿Entonces, lo ideal para no saturar al votante sería “limitar” en número de partidos que se presentan a elecciones?
Bueno, técnicamente eso podría mejorar la elección, pero para empezar eso suena anticonstitucional y poco ético. Pero sí que existen modos de elegir distintos al nuestro. Los sistemas de votaciones presidenciales (donde el juego es prácticamente bipardista: A o B) si lo comparamos con nuestro sistema parlamentario, vemos que ambos extremos responden a mecanismos psicológicos opuestos.
En un sistema bipardista puro, de solo dos opciones, la carga cognitiva para el votante es mínima. El cerebro apenas gasta energía evaluando el programa: te posicionas en un lado o en el otro. Pero, ¿cuál es el problema de este sistema? La polarización. Si solo hay dos partidos y el que gobierna lo hace mal, el votante activa el sesgo de confirmación para justificar a "los suyos" simplemente porque la otra opción le parece una amenaza.
En cambio, en un sistema parlamentario multipartidista como el nuestro, ganamos en representación, pero pagamos el precio de la insatisfacción. Al tener siete u ocho alternativas, el cerebro no solo debe elegir, sino gestionar las expectativas de los posibles pactos de gobierno. Si votas a una opción minoritaria que luego pacta algo que no te gusta, aparece el sentimiento de culpa personal: “Tenía otras seis opciones en la mesa, me he equivocado yo al elegir”.
En el fondo: todos queremos tener mil opciones donde elegir, pero cuando nos las ponen delante, nos complica la vida.
Efectivamente. A nuestro cerebro le atrae la idea de tener un menú infinito porque nos da una ilusión de control —otro sesgo cognitivo del que hemos hablado aquí en alguna ocasión—. Creemos que cuanta más oferta hay, más libres somos. Pero la realidad es que la libertad de elección óptima se sitúa en un punto medio.
En psicología sabemos que el punto en el que el ser humano decide con satisfacción sin abrumarse suele estar en torno a tres o cuatro alternativas. Menos de eso genera sensación de falta de libertad o polarización.
O sea que, en resumen, no se trata de tener muchísimas papeletas en la mesa para votar mejor.
La clave no está en esperar que salga el partido que me representa perfectamente, sino en simplificar la información previamente: tener claros dos o tres valores irrenunciables, asumir que la opción 100 % perfecta no existe.
Y ante este panorama, Edgar, ¿qué herramientas o consejos prácticos nos ofrece la psicología para no sentirnos desbordados antes de votar?
El consejo principal proviene del premio Nobel Herbert Simon debemos hacer un esfuerzo para pasar de ir a votar con un perfil “maximizador” a votar con el perfil “satisfactor”.
¿Y qué diferencia hay entre ser maximizador y ser satisfactor?
El maximizador es la persona que busca obsesivamente la opción perfecta. Lee los programas enteros y busca un candidato ideal que, sencillamente, no existe. El resultado suele ser ansiedad, duda y frustración.
El satisfactor, en cambio, define previamente dos o tres valores clave e irrenunciables para su vida cotidiana (por ejemplo: la sanidad pública, la bajada de impuestos o la ecología). En cuanto encuentra una opción política que cumple con esos criterios principales, la elige, reduce el ruido de fondo y toma la decisión con serenidad.
Edgar, a modo de resumen ¿Qué conclusión psicológica podemos sacar de todo esto cuando nos toque volver a votar?
La idea clave con la que me gustaría que nos quedásemos es que más opciones no siempre significan decisiones más democráticas ni más satisfactorias. Para votar con más serenidad y menos frustración, es útil entender dos cosas:
Primero, aceptar que no existe el "partido perfecto" ni la "opción ideal"; pretender encontrarla solo genera parálisis y desencanto.
Y segundo, tomar distancia de la sobreinformación de la campaña. Cuando sientas saturación, simplifica: pregúntate cuáles son dos o tres valores fundamentales para ti y elige la opción que mejor se alinee con ellos, asumiendo que ninguna decisión política será un 100% acertada.
Clarísimo, Edgar. La clave está en no dejar que la abundancia de opciones nos paralice ni nos lleve al desencanto. Edgar Bresó, psicólogo de guardia de Ondacero, como siempre, un placer enorme. Nos escuchamos en el próximo programa.