La prohibición del burka y del niqab
Por el profesor y escritor Javier Arias Artacho
La Ribera |
Siento que un servidor y la mayoría de la ciudadanía ya está sobresaturada de la política y del enfrentamiento estéril por la carroña de unos votos. Parece imposible alcanzar la llanura del consenso en temas sensibles para la sociedad, ya sea la inmigración, la educación o la sanidad. Los intereses partidistas conllevan contradicciones que deberían ser inasumibles para quienes tienen la voluntad del bien común.
En febrero de este año, VOX presentó una proposición de ley para que se prohibiese el niqab y el burka, es decir, para que las mujeres musulmanas se mantuviesen con el rostro descubierto en espacios públicos. El PP también apoyó la propuesta y JUNTS presentó otra similar. Ninguna prosperó. Sin embargo, recientemente asistimos al anuncio de una ordenanza municipal similar con la que se intenta prohibir estas prendas en Lleida. ¿Y quién lo propone esta vez? Pues los mismo que la rechazaron un par de meses atrás: el Partido Socialista de Cataluña.
Tampoco esta vez está claro que pueda salir adelante, pero ahí sigue el runrún del sentido común censurado por la ideología de la estupidez. El rodillo de la intransigencia sectaria a veces arrolla lo que la ciudadanía grita a voces más allá de las siglas de los partidos. ¿Acaso quienes tumban estas iniciativas no comprenden que no es aconsejable ir enmascarados por razones obvias de seguridad? Resulta que en Londres están instalando cámaras de seguridad pública para tener identificada a la gente y, al mismo tiempo, permiten que allí podamos pasearnos con el rostro cubierto. ¡Hasta los bobos no lo entienden! ¿Por qué no promovemos la iniciativa de ir de Carnaval a la Policía, a los juzgados y a los aeropuertos? ¿Por qué no lo intentamos? Pues simplemente no lo haríamos porque tendríamos que quitarnos las máscaras para ser identificados. Sin más.
Entonces, ¿por qué a las mujeres musulmanas sí? Pues simplemente porque se trata de un asunto religioso. Más bien cultural, diría yo, donde los europeos estamos cargados de complejos y miedos absurdos, celosos y protectores de las garantías culturales de una minoría oprimida que viene a imponer una realidad social que no tenemos en Europa. No solo no la tenemos, sino que no la queremos, porque implica perpetuar una clara degradación de la mujer, aunque las víctimas lo defiendan como un secuestrado exculpa a sus captores bajo el Síndrome de Estocolmo.
El burka y el niqab no suman a la seguridad ciudadana, así como tampoco ayudan a ese feminismo que tan en boga está dentro de nuestra sociedad. ¿Es que podemos hacer excepciones por ideología? ¿Es que el feminismo calla porque lo tolera? ¿Será posible tanta hipocresía en todo esto? ¿Es que es posible que Europa blanquee abusos culturales que son rechazados por nuestra sociedad?
Quizás algunos dirán: “hay que aprender a aceptar”. ¿Es que no saben aceptar los musulmanes radicales que son ellos quienes deben aceptar lo que ellos mismos han elegido, lo que propone la nueva sociedad en la que “ellos” quieren participar?
No es una cuestión de racismo. Simplemente son complejos ideológicos. Ese buenismo tonto que paraliza a Europa. Creo que hace falta valentía y que no se trata de un partido u otro, sino de una decisión social a la que le va llegando su hora.