Cristina Vallés abrió el pasado 1 de octubre una nueva etapa profesional en Salvacañete. Tras estudiar Química, realizar una tesis y posteriormente cursar Farmacia, trabajó en grandes oficinas farmacéuticas de Valencia hasta decidir que quería emprender un proyecto propio. La oportunidad apareció en este municipio de la Serranía Baja, con el que ya tenía un vínculo familiar desde la infancia. “Cuando me dijeron que era Salvacañete pensé: no lo pienso más”, recuerda sobre una decisión que ha supuesto cambiar completamente su forma de vida.
Su trabajo no se limita a la farmacia del municipio. Vallés gestiona además tres botiquines en Huerta del Marquesado, Alcalá de la Vega y Tejadillos, a los que lleva medicamentos y otros productos durante las horas en las que la oficina principal permanece cerrada. Entre las diferencias respecto a trabajar en una ciudad destaca la relación mucho más cercana con pacientes y médicos, aunque también señala dificultades específicas de las pequeñas farmacias, como peores condiciones de compra ante algunos proveedores, pedidos mínimos elevados y una carga importante de guardias al existir únicamente dos farmacias en su zona sanitaria.
Para Vallés, mantener una farmacia en un municipio pequeño significa también conservar uno de los servicios necesarios para hacer viable la vida rural. En Salvacañete abre seis días a la semana, realiza guardias y complementa la atención sanitaria del consultorio, mientras en otros pueblos de la comarca la presencia farmacéutica se limita a unas pocas horas semanales. Después de su primer mes destaca sobre todo “la cercanía de la gente y la confianza”: “Aquí todo es como una gran familia”.