Qué pena todo ese tiempo que le dedicamos a los cíceros del tipómetro en la facultad en vez de adquirir nociones básicas de anatomía. Los plumillas deportivos estamos rodeados de un universo de bíceps femorales, rectos anteriores y tendones de la vaina como en el caso de Alcaraz. Nosotros hacíamos gimnasia (yo también le tenía mucho respeto al potro y al caballo), pero ahora todo es educación física, tiene más empaque, como hacer running en vez de footing.
No veremos a Carlitos bajo la torre Eiffel con un Roland Garros en la mano porque hasta le dolería sostenerlo. De la molestia a la lesión, de la cautela a la decisión de recuperarse bien sin forzar. Todas las ciencias avanzan y todos los deportistas lo aprovechan, pero las máquinas de carne y huesos no son indestructibles y por eso su cuidado ha de extremarse.
Lamine Yamal comunicó su dolencia, pero de corrido amenazó con el Mundial para disipar tentaciones de desapuntarlo; el sábado, tras semanas de recuperación, el cerebrito del Atleti notaba detrás de su otro muslo un aviso de bocado que hizo que Simeone se quitara la chaqueta a lo Rafael para clamar más a gusto y liberado ante los cielos castigadores. Pablo Barrios no estará ante el Arsenal y la moraleja ha sido muy cruel con él.
Hay más. Lindsey Vonn se arriesgó a la cojera permanente por revivir el sueño olímpico y si pillas a Rafa Nadal en un día de confesiones entre refrescos de terraceo en Porto Cristo, te reconocerá con aplomo que ni se acuerda del último partido que disputó sin sentir dolor. Márquez aguantó el sábado en Jerez y ayer, quizá más por la moto que por su físico, se cayó de primeras. El nivel de exigencia lleva al deportista a sacrificar su cuerpo más allá de lo razonable.
De todas formas, desde que empezó a construir leyenda, el tenista murciano ha sido acusado de inmadurez, de caprichosa juventud. Pues a punto de los 23 ha dado un revés de hombre sabio. Retirarse para ganar. Todos mis dieces, Carlitos.