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Aymen Hussein se ha convertido en uno de los grandes nombres de la historia del fútbol iraquí. El delantero, autor de goles decisivos para devolver a Irak a una Copa del Mundo 40 años después, es hoy un héroe nacional. Sin embargo, detrás de su éxito deportivo se esconde una historia marcada por la guerra, el terrorismo y las pérdidas familiares.
Nacido en la región de Hawija, una de las zonas más castigadas por los conflictos armados en Irak durante las últimas décadas, Hussein creció rodeado de violencia. Mientras intentaba abrirse camino en el fútbol, su familia sufrió de primera mano las consecuencias de la inestabilidad que golpeó al país.
La primera gran tragedia llegó cuando apenas tenía 12 años. Su padre, oficial del Ejército iraquí, murió en 2008 durante un ataque perpetrado por Al Qaeda. Años después, cuando parecía que la familia intentaba reconstruir su vida, llegó un nuevo golpe todavía más doloroso.
En 2014, el Estado Islámico tomó el control de varias zonas del país, entre ellas la región donde residía la familia Hussein. Durante aquellos meses, su hermano, que trabajaba como policía, fue secuestrado por los yihadistas. Desde entonces, su paradero sigue siendo desconocido. El propio futbolista ha reconocido en varias ocasiones que nunca obtuvo respuestas sobre lo ocurrido.
Lejos de rendirse, Hussein encontró en el fútbol una vía de escape. Tras convertirse en desplazado interno junto a su familia, continuó persiguiendo su sueño hasta debutar con la selección iraquí y consolidarse como uno de los mejores delanteros del país.
Su momento más recordado llegó al marcar uno de los goles que clasificaron a Irak para el Mundial 2026, poniendo fin a una ausencia de cuatro décadas en la máxima competición internacional. Esta noche, a pesar de la abultada derrota ante Noruega, consiguió marcar el único tanto de su selección, convirtiéndose en un héroe nacional.
A los 30 años, el atacante es el rostro de una generación que ha crecido entre conflictos y que busca devolver la ilusión a todo un país.